La compra de anteojos de sol en puestos callejeros, ferias o comercios no habilitados se ha convertido en una conducta habitual, generalmente de «compras de ocasión», sin medir que en la mayoría de los casos usar ese producto implica riesgos directos para la salud visual.
El principal problema es que muchos de estos productos no cuentan con filtros UV certificados, lo que genera una falsa sensación de protección. Al oscurecer el ambiente sin bloquear la radiación ultravioleta, la pupila se dilata y permite una mayor entrada de rayos dañinos, aumentando el riesgo de lesiones oculares.
El uso prolongado de anteojos sin protección adecuada puede provocar queratitis, conjuntivitis, daño en la retina y acelerar la aparición de cataratas, además de generar fatiga visual y dolores de cabeza. En el caso de niñas, niños y adolescentes, el riesgo es mayor, ya que el ojo aún está en desarrollo y es más vulnerable a la radiación solar.
Los anteojos son efectivamente oscuros, pero no filtran los rayos dañinos de luz, de ahí la idea de «falsa protección» que produce el riesgo para la visión.
Otro aspecto crítico es la calidad óptica de las lentes. Los productos no certificados suelen presentar distorsiones, defectos de fabricación o materiales inadecuados que alteran la visión y pueden afectar la percepción de profundidad y contraste, incrementando el riesgo de accidentes, especialmente al conducir o realizar actividades al aire libre.
Por estos motivos, los especialistas recomiendan adquirir anteojos de sol exclusivamente en ópticas habilitadas, donde se garantice que las lentes cuenten con filtro UV 400, certificación correspondiente y asesoramiento profesional. La protección visual no es un accesorio estético: es una inversión directa en la salud.
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